La rutina de Punta Arenas se ve manchada, semana tras semana, por un problema persistente y alarmante: la irresponsabilidad de los conductores y el exceso de velocidad que se ha tomado nuestras calles. Lo que solía ser un problema ocasional se ha transformado en una peligrosa normalidad, y los resultados son predecibles y trágicos: accidentes constantes.
No pasa una semana sin que nuestro medio reporte nuevos siniestros viales. Colisiones, atropellos y volcamientos, muchos de ellos evitables, se suman a la lista negra. Detrás de cada titular hay heridos, daños materiales, y en el peor de los casos, la pérdida irreparable de vidas. La pregunta que debemos hacernos como sociedad es: ¿Hasta cuándo vamos a tolerar este desenfreno al volante?
El problema no radica en la infraestructura vial de la ciudad, sino directamente en la actitud y la conciencia de quienes operan un vehículo. El exceso de velocidad es una decisión, una elección temeraria que reduce drásticamente el tiempo de reacción y multiplica la gravedad de cualquier impacto. Es un acto de profunda irresponsabilidad cívica que pone en peligro no solo al conductor infractor, sino también a peatones, ciclistas y a otros automovilistas que sí respetan las normas.
Es fundamental que las autoridades -desde Carabineros hasta la Unidad de Tránsito- refuercen la fiscalización de manera contundente y constante. Las multas y la retención de licencias deben aplicarse con el rigor que exige la gravedad de estas infracciones. La impunidad, o la percepción de ella, solo alimenta este peligroso comportamiento.
Pero la solución no es únicamente policial. Como ciudadanos, tenemos la obligación de cambiar la cultura vial. Debemos entender que conducir no es un derecho absoluto, sino una responsabilidad que exige prudencia, respeto por la vida y acatamiento estricto de los límites de velocidad. Es hora de que la presión social recaiga sobre quienes usan el volante como una licencia para el riesgo.
Punta Arenas merece calles seguras y un tránsito responsable. Detener esta ola de accidentes evitables es una tarea colectiva que comienza con un simple, pero vital, acto: levantar el pie del acelerador. La vida de un magallánico no puede seguir siendo la moneda de cambio de la imprudencia.