Los pasajes, calles y avenidas de Punta Arenas sirven de campo de acción
para muchos perros agresivos cuyos amos o no los cuidan como se debe; o
no tienen medidas para evitar que escapen de los patios o, simplemente,
les importa muy poco lo que pueda ocurrirle a vecinas, vecinos, niños,
niñas o transeúntes que tengan la mala suerte de cruzarse con perros
agresivos.
Las adultas mayores saben, mejor que nadie, que esas
aseveraciones son una lamentable verdad, porque son los blancos
preferidos de las dentelladas perrunas que, incluso, han obligado a sus
víctimas, no sólo a ser inyectadas contra un eventual contagio de
hidrofobia sino que, en más de un caso, a permanecer, por largos días,
internadas en centros asistenciales locales.
Los niños, los adultos
mayores y más de algún discapacitado también han sabido de esos ataques
caninos, pero, de una u otra forma han salido mejor librados que las
adultas mayores, de andar y reflejos más lentos.
“Era un perro grande”
Ana
Hernández Sánchez transitaba, en una ocasión no muy lejana, por las
calles de la Población Calisto cuando “apareció de repente, no supe de
dónde, me atacó y me mordió un perro grande, totalmente desconocido”.
El
mordisco no fue menor: le dejó una huella indeleble de trece puntos en
una pierna y la obligación de vacunarse contra la rabia.
“Los dientes
del perro me desagarraron la piel. Con el susto no me di cuenta hasta
que llegué donde un familiar. Sentí algo así como agua que corría por la
pierna, pero era sangre y debí ser llevada a la asistencia pública y
ahí empezaron a inyectarme contra la rabia”.
“Me atacó una perra con cría”
Demófila
Ojeda Ojeda nunca se olvidará de ese momento en que tuvo la mala
fortuna de salir de su casa y caminar por uno de los pasajes de la
Población Gobernador Viel.
“Creo que era el Pasaje Azócar cuando vi a
una perrita que caminaba con su cría. Para no pisar a ninguna de las
dos, di un paso a un costado, pero la perra se me vino encima y me
mordió la pantorrilla derecha, cerca de la rodilla, tal vez para
proteger a su cría. Me llevaron a la clínica, me hicieron ocho puntos y
me enviaron a la casa, con un plan de curaciones lo que me obligó a
pedir y lograr apoyo de la Cruz Roja. Pero la cosa se fue poniendo fea,
porque me aprestaba a viajar a Río Gallegos, pero una hija me revisó la
pierna herida y me dijo que eso no estaba bien. Había una cosa negra y
dura sobre la herida que alertó a la doctora que me atendió en un centro
médico de Colón abajo y me recomendó hospitalizarme. En esa gestión me
ayudó Gustavo Bringas, quien gestionó una cama y allí estuve internada
varios días. Me dijeron que estuve a punto de perder la pierna, pero al
cabo de casi un mes, logré recuperarme”.
De la perrita atacante y de su cría, nunca supo algo más.
“Un doberman me mordió la nalga derecha”
Dorita Cárcamo Vargas ahora cuenta su historia de ataque perruno en medio de risas nerviosas por el recuerdo, pero…
“Fuimos
a la parcela de uno de mis hermanos a compartir una parrillada. Yo
vestía completamente de negro y cuando llegamos no hubo problemas hasta
que apareció el perro Doberman que tenían en la parcela y con el cual
jugábamos sin problema alguno”, recordó Dorita.
“Pero, de repente no
me hace una desconocida, al parecer, porque yo vestía de negro y se
asustó. Me atacó y yo corrí hasta que me alcanzó y me dio el mordisco en
la nalga derecha (“que no se la voy a mostrar ahora, por supuesto, así
que fotografíeme con la calza que llevo puesta, no más”).
Después de
controlar al perro, procedieron a suturarle la herida y a vacunarla
contra la rabia, pero la parrillada que iba a compartir ya no fue lo
mismo.
“Aunque tengo una perrita Labradora y un Poodle, aún tengo
miedo, pero estos son míos y son buenitos, me acompañan y me cuidan en
la casa. ¿Y el perro que me atacó? Ah, se murió de viejo”.