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Columna / Opinión

“Presidente”, no “presidenta”: un “Appendix Probi”

opinion
02/07/2017 a las 11:15

El Appendix Probi contiene una lista de correcciones sobre la forma de escribir palabras latinas. Así, señala «tabula non tabla; puella non poella; balteus non baltius», etc. Una lista como la de Marco Valerio Probo, autor del apéndice, resultaría útil para contrarrestar el problema de ultracorrección política que sufren los periodistas.

 La ultracorrección ocurre, por lo general, cuando un hablante hace un uso incorrecto de una palabra porque asume que se ajusta a un modelo, pero en realidad no es así. Un ejemplo típico es el de un niño que dice «yo sabo» en lugar de «yo sé». También ocurre cuando alguien conjuga «yo rabeo» en lugar de «yo rabio».
Los periodistas incurren en este tipo de error no solamente porque ignoran la morfología de la lengua, sino también porque están obsesionados con que su discurso se ajuste a lo aceptable políticamente.

A esta tendencia le digo «ultracorrección política», puesto que es idéntica en su mecanismo a la ultracorrección, pero está gobernada por criterios políticos en lugar de lingüísticos o estrictamente morfológicos. De hecho, la morfología resulta violentada a causa de la ultracorrección política. De otra manera, no habría llegado a hablarse de «presidenta» en lugar del correcto «presidente». El uso de una forma femenina distinta, lo cual resulta foráneo a la lengua castellana, estuvo dado por el afán propagandístico de acentuar el sexo de la candidata Bachelet durante su primera campaña. Se trata de una razón estúpida para un cambio anti-económico en términos lingüísticos.

Pero esto mismo nos señala hacia algo que escogería un periodista. El término no se ha asentado en la norma lingüística, pero los periodistas insisten. Es como si estuvieran empeñados en que se instale de manera permanente a pesar de que resulta infundado lógicamente y anti-económico para la lengua.

El mejor argumento para defender el uso de «presidenta» es la antigua aceptación de «infanta». Sabemos que, morfológicamente, los nombres terminados en -nte son idénticos tanto para el masculino cuanto para el femenino: «asunto pendiente» y «respuesta pendiente»; «el demandante» y «la demandante». Pero el impulso de distinguir el género para una persona de sexo femenino en el caso de la realeza, como «la infanta» en lugar de «la infante», se ha repetido (mas no replicado) en el caso de «la presidenta».

Sabemos que la lengua cambia y recibe influencias de forma constante, pero esto no es excusa para que los editores «corrijan» la palabra «presidente» por «presidenta» allí donde el redactor escribió aquella en lugar de esta. La ortografía está lejos de ser una disciplina compleja, pero aún así los periodistas se las han arreglado para demostrar dificultades increíbles para dominarla y facultades aberrantes para «arreglarla» allí donde no necesita intervención alguna.


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