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Un problema de la vida real

La inseguridad que inquieta y angustia a la comunidad puntarenense

opinion
16/07/2017 a las 22:00

Doña Juanita y don Luis tienen pensiones muy bajas, que apenas les otorgan derecho a ser atendidos de sus enfermedades a través del Fonasa y por eso, con la ayuda económica de dos de sus tres hijos, instalaron un pequeño negocio en una de las poblaciones periféricas del sector sur de la ciudad.

Análisis /El espectador.

Este matrimonio de adultos mayores ha recibido una serie de “visitas” que no son precisamente de cortesía o de cumpleaños, de parte de algunos muchachos y sus parejas que les exigieron “una ayudita” consistente en chocolates, bebidas gaseosas “y unas monedas para comprar copete en otra parte porque ustedes no venden licor”, les han dicho con soltura de cuerpo.

Fernando carece de garaje y tiene que dejar su camioneta doble cabina estacionada frente a su casa, “a la luz de la luminaria instalada allí, cerquita de la puerta de mi domicilio, en uno de los pasajes de la Población Gobernador Viel”.

Pero no duerme tranquilo desde que, en enero de este año, debió salir a corretear a un grupo de “cabros y cabras jóvenes que estaban en una de las puertas”, contó este trabajador de la construcción que usa ese vehículo para “las changuitas del sábado o domingo”.

¿Y si los cabros vuelven y vienen armados de cuchillos, de palos o traen una pistola?, se pregunta ante la mirada nerviosa de su señora y de sus tres hijos, tan adolescentes como los que quisieron llevarse su vehículo.

Claudio trabaja para una compañía que presta servicios de vigilancia y seguridad; no porta otra arma que no sea un bastón de madera y una linterna y tiene que estar atento cuando, en las madrugadas no sólo del fin de semana, tiene que resguardar las dependencias de la empresa comercial en la que ha sido destacado “porque estamos en la ruta de los que regresan a pie a sus casas o van a seguir la fiesta en otra parte”.

Don Alberto, un sábado por la tarde de un sábado, fue a cobrar un trabajo de pintura y de carpintería que le reportó poco más de 300 mil pesos y decidió “hacerme un cariñito con mi señora, armando una cenita mejorada, a lo que ella, accedió y compré un botellón de vino de litro y medio en un negocio de la Avenida España”, contó, nervioso.

Cuando caminaba por esa avenida, con el botellón en un bolso plástico, sintió “algo duro en la parte alta de la espalda, así como la punta de un cuchillo, y un fulano encapuchado con el gorro de una parka o polerón negro, me quitó el bolso, caminó un momento a mi lado, mientras el otro compadre me dijo que no gritara ni corriera tras ellos, que me quedara parado un rato en la esquina de Bellavista, mirando para el cerro, porque estaban armados y me iban a sacar la cresta si no les hacía caso y partieron en dirección a la playa, no sé por cuál calle”.

Podría haber sido peor para don Alberto, quien partió corriendo cerro arriba, llegó a su casa en el Barrio San Miguel y sólo al cabo de una hora, premunido de un palo y acompañado de un familiar, fue a comprar otro botellón de vino a un negocio cercano a su casa “y mirando para todos lados, por si acaso”.

H.O., de 48 años, vivió la peor experiencia de su vida cuando un ladrón lo atacó en su propia casa y le causó una herida en el rostro.

El chofer de un colectivo, J.A.B. dijo que “me dio una corazonada”, y siguió de largo en la calle General del Canto, sin llevar a un trío de jóvenes que le hicieron señales para que se detuviera; dobló en la esquina y después se arrepintió y regresó a los pocos minutos a la esquina de esa calle con Sargento Aldea, en el Barrio Prat y debió acelerar, porque el trío había puesto contra la muralla a un hombre que parecía estar borracho y lo estaban registrando, mientras dos de ellos le mostraban cuchillos.

“Mejor me fui a mi casa y guardé el auto lo más al fondo del patio, sacándole el cartel de la línea para la que trabajo. Me dio miedo de que esos bandidos pudieran pasar frente a mi casa y reconocer el auto, pero aunque no me haya pasado nada, tengo miedo, ando nervioso, aunque ya dejé de trabajar hasta las tantas y me recojo temprano. Menos mal que soy el dueño del taxi”, contó este colectivero.

ASÍ ES LA VIDA

Un par de versos de uno de los muchos temas que canta y recita “El Temucano”, grafican así la vida de las personas que deben resignarse ante una desgracia.

Una desgracia tan o más terrible que las experiencias que estos magallánicos han narrado a sus amigos, a sus familiares, a Suplemento Análisis o que se han negado a denunciar ante los tribunales porque estiman que “se va a puro perder el tiempo y a pasar rabias, porque si llegan a pillar a alguno de los delincuentes, al ratito quedan en libertad y nos dejan marcados, ya que tienen muy buena memoria”.

Y estos son sólo algunos casos, porque las páginas del diario están llenas de las crónicas con hechos delictuales que dan cuenta de robos de vehículos; de los robos en residencias particulares, aún con algunos de sus moradores en su interior o de regreso de alguna gestión o diligencia; de la quema de vehículos en la vía pública, de agresiones brutales en pos de objetos sin tanto valor como un celular o de dinero para seguir bebiendo o proseguir el “carrete” con esas muchachas tan gentiles con sus favores mientras haya dinero en los bolsillos de sus amantes ocasionales.

Los frecuentes patrullajes de los carros de Carabineros no constituyen efectos disuasivos para la delincuencia o para los agresores porque han aprendido a evitarlos con la práctica de sus fechorías.

Otro tanto ocurre con las acciones de la Policía de Investigaciones (PDI), recargados de papeles como sus colegas policías de uniforme y con la obligación de investigar una retahíla de delitos de todo tipo que muchos valientes se atreven a denunciar a los tribunales a través de las fiscalías.

Para ellos, para esos ciudadanos, “la justicia no sirve para nada” porque la acusan de ser permisiva; que los delincuentes ya a los doce o catorce años saben muy bien lo que es bueno y lo que es malo y acometen no más, sabiendo que la ley los favorece “porque somos inimputables, tatita”, gritó no sólo uno, sino que varios adolescentes que transitan por el camino de la delincuencia.

¿Qué hay responsabilidad de los padres, de las familias?

Por supuesto y muchas veces se ha escuchado “no sé qué hacer con este” en la voz angustiada de sus padres.

¿Qué entró la droga a la región y que el alcohol se bebe en todas sus formas y “octanajes”?

También es cierto.

¿Qué a los delincuentes les importa muy poco el daño que causen a las familias o personas que son sus víctimas?

Les importa un rábano, porque si “somos encanados, papi, tenemos techo, comida, médico y mejoramos esta pega”, han afirmado algunos condenados que creen que un prontuario abultado les da “prestigio” en el mundo del delito.

¿Qué hay influencia argentina, colombiana o de otros países?

Pudiera ser, pero las estadísticas no muestran esas influencias.

Es por eso que resulta difícil de aceptar la posición divergente del alcalde Claudio Radonich por parte  de algunos concejales que rechazan la creación de un servicio de Seguridad Ciudadana dependiente del municipio de Punta Arenas.

Lamentable, afirma la mayoría de los habitantes de la ciudad, porque se aprecia que ellos no han sido víctimas de la delincuencia ni viven tras las rejas de sus ventanas o atentos a las señales de las alarmas, cuya instalación ha aumentado en forma notable.

Un auto dotado de balizas, de equipos de radio o celulares, conducido por personas responsables y entrenadas, pueden constituir un factor de apoyo a la labor de Carabineros y de la PDI, especialmente durante las noches y las madrugadas.


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