La fatal arrogancia

El
Covid-19, conocido popularmente como Coronavirus, ha mostrado de una
manera poco ortodoxa que esa frecuente creencia de parte de gobernantes y
políticos de poseer la facultad de diseñar respuestas adecuadas a cada
problema en la sociedad, porque presumen poseer toda la información
existente, es un grave error intelectual. Tal como planteaba Friedrich
Hayek, hay ciertos procesos que no se pueden manejar del todo, menos
coactivamente, porque es imposible tener toda la información de manera
inmediata, por ejemplo en relación con las decisiones e interacciones de
las personas, y que por tanto el conocimiento siempre se encuentra
disperso haciendo imposible a los tomadores de decisión tener todas las
respuestas para guiar a la sociedad hacia los causes que ellos presumen
adecuados. Que mejor ejemplo, a propósito del Covid, que lo complejo de
prever contagios, evitar conductas de riesgo o vaticinar quienes
derivarán en casos graves. En los últimos meses hemos visto ejemplos
constantes de la llamada fatal arrogancia de parte de políticos,
periodistas, animadores de TV y diversos interlocutores, que han
propuesto desde controles de precios hasta cuarentenas totales sin
mediar los reales efectos de aquello en la vida de las personas. El
desempleo creciente es un efecto claro de la interrupción de ese proceso
que algunos miran con desprecio llamado mercado que, entre otras cosas,
permite a las personas generar ingresos y así acceder de forma autónoma
a bienes diversos de forma coordinada. Aplicar una cuarentena total,
como algunos presumían, sin considerar lo que implica paralizar ese
proceso en términos de empresas y empleos, creyendo que era tan fácil
como reemplazar los ingresos por un aporte entregado de manera
centralizada por el estado, es un ejemplo claro de este absurdo. Ojo,
esto no significa que ahora frente a la situación compleja que se vive,
la autoridad no deba velar por impedir que las personas pasen hambre o
queden sin la posibilidad de tener recursos para satisfacer sus
necesidades más básicas. Pero debe ser una excepcionalidad, no una
expectativa. Irónicamente, el Covid hizo lo que hace meses algunos
pretendían lograr, sin mediar las consecuencias de ello, mediante
barricadas, saqueos constantes a negocios y desmanes varios dañando
propiedad pública y privada, que no era otra cosa que paralizar todo
para desbaratar la economía. Así dejaron a varias pymes tambaleando.
Pues bien, ahora el Covid les asestó el tiro de gracia y ha mostrado los
efectos que tiene paralizar una economía o dejarla en estado de coma. Y
lo cierto es que no es nada auspicioso para los más pobres. Hay más
desempleo y por tanto pobreza. Pero además, un virus nos ha mostrado que
sin mercados funcionando normalmente, desaparece la coordinación
espontánea entre consumidores y oferentes que permite a las personas
hacerse de los recursos para satisfacer sus necesidades alimenticias sin
mediar las decisiones de una burocracia. El virus ha mostrado la fatal
arrogancia y mortal estupidez, de aquellos que frente a la destrucción
de negocios o el impedimento del funcionamiento de estos en el contexto
de las protestas, decían que la economía no era importante, que solo se
trataba de cosas materiales. Pues no, eso que algunos llaman con
desprecio mercados es una cadena compleja de producción, distribución,
cumplimientos legales, que nos permite acceder a bienes esenciales como
los alimentos. La economía es importante, no es algo baladí, nos permite
alimentarnos. Las barricadas no producen comida. También el gobierno ha
hecho alarde de esa fatal arrogancia, primero al presumir que estaban
blindados frente a los vaivenes que una pandemia, que ha hecho estragos
en países desarrollados, puede tener en un país como Chile. También la
ha mostrado con su constante tensión con otros interlocutores en cuanto
al manejo de datos y la información disponible. Si bien los gobiernos
deben saber manejar información sensible y tener cierta reserva, no
pueden pretender total secretismo, menos respecto a una pandemia, como
si se tratara de un politburó estilo soviético o chino.

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