Estamos exactamente a 54 días de la realización del plebiscito, con el objeto de determinar si la ciudadanía está de acuerdo con iniciar un proceso constituyente para generar una nueva Constitución, y determinar el mecanismo para dicho proceso.
La actual carta constitucional que nos rige desde 1980, ha sido fuerte y permanentemente cuestionada, fundamentalmente por haber tenido su origen en un ambiente y tiempo en el cual la democracia no era el sistema que nos regía. Pese a que en su trayecto histórico ha sufrido varias modificaciones y maquillajes, todavía no logra responder a la expectativa de todos.
Pero siendo bien sincero, nunca Chile ha tenido una constitución cuyo origen haya sido participativo y democrático, no lo fueron las anteriores a 1833, ni la de ese año, que rigió los destinos de Chile por 92, menos aún la del año 1925, que rigió con algunos accidentes hasta 1880, por lo cual, según estos antecedentes, será la primera vez en nuestra historia que hipotéticamente podríamos tener una constitución participativa y democrática desde su origen.
Por eso, como decía un escritor, los libros, la política y las sociedades hay que saber leerlos, siendo a veces muy complejo leer bien por ser tanto o más difícil que escribir bien. Pero las lecturas y sus debidas comprensiones dan a veces para todos los gustos. Desde quienes estiman que votar por abrirse a una nueva constitución, es como dar un salto al vacío, una opción de inestabilidad, que no permitiría el progreso de las personas. Vale la pena preguntarse en este caso, cual es la estabilidad y progreso actual, si se ha ido postergando y barriendo nuestras dificultades como suciedad debajo de la alfombra, que ha generado tal nivel de cototos que hemos terminado tropezándonos.
Otros, que fueron partidarios de la Constitución del 80, tienen una visión más ecléctica, quizás porque han aprendido a ser buenos lectores, comprendiendo que antes de escoger nueva lectura, se debe dejar una íntima constancia del provecho obtenido con la anterior, sacar conclusiones y aprender de la experiencia, comprendiendo que los tiempos cambian y sobre todo que lo que no nació bien para regir a la sociedad es difícil que se mantenga, porque concretamente se genera más frustración y desagrado que bienestar.
También existen quienes piensan que una nueva carta fundamental será la mágica solución a todos los problemas de inequidad e injusticia, lo cual precisamente no es leer bien la historia ni los acontecimientos, debido a que simplemente nos dirá como organizarnos, para que ningún grupo o comunidad se sienta excluida, permitiendo que la tarea permanente de contribuir a la construcción de la sociedad sea más armónica y justa.
Una nueva carta fundamental es necesaria para organizarnos mejor como sociedad, limitar el poder de las instituciones o personas a quienes se les inviste de autoridad y sobre todo para hacer efectivo el concepto de bien común, que debe impregnar a toda sociedad, que siente un verdadero respeto por los ciudadanos que la conforman. Al fin y al cabo, la persona es el sujeto, la raíz, el principio y el fin de toda la vida social y de todas las instituciones sociales.
La discusión futura como país estará dada por superar el “individualismo mercantilista, mercachifle”, basado más que en la competencia sana, en una suerte de sociedad regida por oligopolios rentistas. Como así mismo superar el antiindividualismo colectivista – estatista, que busca decidirlo todo en nombre de las personas y restringir las libertades.
El centro deberá ser la persona, que si bien es cierto forma parte de una comunidad, y en este sentido estaría subordinada a esta, pero en términos reales es mucho más que un miembro de la comunidad, debido a que posee una dimensión trascendente, de modo que la sociedad ha de tener como fin a la persona por sobre otras consideraciones.