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Columna de opinión

El mundo está loco, loco, loco, loco…

opinion
12/10/2021 a las 14:34
Pablo Oyarzo
805

Javier Solís, Abogado

Así rezaba el título de una antigua película que parodiaba diversas situaciones de la sociedad del momento y que hoy nos vuelve a la realidad.

No solo hay locura por las diferencias religiosas que hoy tienden a predominar el dividido mundo, volviendo a la época de las cruzadas, sino por la enfermiza necesidad de la acumulación de riquezas de un pequeño sector que no trepida en aspirar a más y mejores condiciones de su propio bienestar.

Las reclamaciones sociales ya no son un simple llamado de advertencia, ahora la exigencia es cada vez más profunda, y si no hay una reacción inmediata ya se “autoautoriza” el uso de la fuerza para conseguirlas. Todos quieren ser representantes del pueblo y muchos se han quedado en eslóganes anquilosados y que utilizan para dañar, más que para promover o promocionar sus programas. Cuando sean electos (por sus escasos votos) se encontrarán con la exigencia del resto del público que no les permitirá andar tranquilos por las calles ni por las redes sociales.

La pandemia que nos ha afectado en estos últimos dos años y el encierro han mostrado una cara que parecíamos desconocer: la falta de respeto a la autoridad moral, política y policial ha explotado y ha mantenido a estos segmentos en reductos cada vez más estrechos y pocos creíbles. Esto es preocupante en extremo y nos puede llevar a una situación de anarquía sin precedente.

La locura está en todas partes. Salimos a la calle sin saber si volveremos enteros. Poco a poco la delincuencia ha llegado a niveles insospechados, donde las balas surcan el aire y limitan o dañan irremediablemente vidas que nada debían. En las calles los choferes de vehículos se comportan de manera agresiva sin respetar normas de tránsito o, al menos, conductas que permitan dar seguridad. No hay que mirar a nadie que vaya al costado, no se puede bocinear al que se pega en el celular y de pronto nos vemos corriendo por salvarnos. Los peatones no lo hacen nada mal tampoco. Las veredas ya no son puntos de encuentro y de saludo. Si te llegas a detener para abrazar a un amigo al que no has visto lo más probable es que alguien se ofenda porque le obstaculizas su paso raudo. Incluso patear coches de niños.

Ya no se puede mirar con atención para intentar reconocer los ojos que sobresalen de las boquillas multicolores. Se puede malinterpretar y recibir una sarta de improperios. Parece que la sociedad está en carne viva y que cada cosa que se haga saliendo de los cada vez más estrechos márgenes sea considerada una agresión. Todo aparece como discriminación, atentado o vulneración y hay especialistas en identificarlas.

Eso es nada más que una locura que debe ser corregida pronto para evitar llegar a los niveles que se viven en países como EE.UU. La exacerbación de los derechos de las personas no debiera significar libertad de conducta. Se ha olvidado que frente a los derechos están las obligaciones y que si estas no se acatan tendremos una sociedad intolerante e indolente donde los más descarnados representantes serán nuestros propios hijos que están aprendiendo muy rápido.

La locura es contagiosa y mientras más se permita su propagación más difícil será restringirla y sentirse dispuesto a oponerse a ella. Para una sociedad chilena pasiva, acostumbrada al sometimiento y el silencio por temor a la represión, resulta un caldo de cultivo para que se expanda.

La locura está en las calles y hay que andar con cuidado, despierto y alerta.

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