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Columna

Hacer algo por alguien

opinion
08/07/2024 a las 09:57
Pablo Oyarzo
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Fernando Chomalí, Arzobispo de Santiago de Chile

Tal vez porque provengo de una familia que me ha dado cariño y recursos económicos tales que me ha permitido estudiar y desarrollar las habilidades y talentos que Dios me ha dado y porque la fe que mueve mi vida, para que sea una auténtica entrega a Dios, me hace mirar siempre a los más necesitados. La pobreza en la que están sumidos muchos de los habitantes en el mundo y en Chile me duele, me mueve a rezar y a hacer lo posible para que la situación cambie.

Tengo clara conciencia que con mi esfuerzo no podré eliminar la pobreza en el mundo y en Chile, pero si puedo contribuir con mi persona y mi acción a que disminuya y lo mismo vale para cada una de las personas que junto con agradecer lo que tienen -fruto del trabajo y del esfuerzo -sienten una genuina preocupación por los que más sufren.

Soy un convencido que el amor es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Enseñanza que cautiva porque colaborar en la construcción de un mundo más justo está al alcance de la mano. En efecto sólo tenemos que vivir en plenitud la razón por la cual hemos sido creados, por amor y para qué hemos sido creados para amar.

Son múltiples las maneras con que muchas personas anónimas se han entregado a la causa del amor poniendo en movimiento su ser y su actuar en beneficio de los demás. Conozco ejecutivos que le dedican horas preciosas de su tiempo a apoyar fundaciones que trabajan para mitigar el dolor de muchos. Conozco otros que le dedican lo mejor de sus vidas al servicio de los más pobres, así tantos voluntarios que de manera anónimo contribuyen con su tiempo y sus recursos a favor de los que más lo necesitan. Su única motivación; hacer algo por alguien motivado por ese anhelo que tenemos en nuestro corazón de vivir en un mundo dónde podamos mirarnos como hermanos y que todos tengan las condiciones materiales para poder vivir dignamente. La “ciudad de los hombres”, nos recuerda el Papa, no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión.

A pesar del esfuerzo que hacen algunos y que valoramos y agradecemos todavía queda mucho por hacer. Tanto por hacer queda que los más pobres de los pobres, como los ancianos, las personas que viven en la calle dependen, en gran medida, de los pesos que dejamos en las cajas de los supermercados y farmacias. Y eso es vergonzoso. Se valora la creatividad para conseguir recursos para los más pobres, pero es una señal de poco interés de la comunidad toda si los que deben ser la prioridad primera de una sociedad que busca el bien de todos, quedan al arbitrio de las migajas que sobran. La pobreza en Chile la podemos superar si ponemos al hombre en el centro de nuestras prioridades y nos movemos según la lógica del amor y de la entrega y no del egoísmo o los gustos personales. No hay más receta que esa. Y la tarea es urgente. Urgente porque es muy duro ver en un mismo país y en una misma ciudad educación y medicina de país altamente desarrollado y educación y medicina de país subdesarrollado. Esta situación no ayuda a promover la paz que todos queremos y nos debe obligar en mayor medida a todos y cada uno de nosotros.

Algunas personas han asumido el compromiso a nivel personal pero también a nivel corporativo. Han sido buenas, mejor dicho, excelentes las experiencias de las empresas que destinan parte de sus recursos a fomentar una mejor educación en escuelas. Algunas empresas, incluso, han creado sus propios colegios con metodologías eficientes de enseñanza en los sectores más pobres de la población y los resultados se han hecho notar.

Lo que no podemos hacer es vivir como si no pasara nada. Encerrándonos en círculos sociales cada vez más estrechos y llenando nuestras vidas de guardias, rejas y seguros. Hemos de asumir con responsabilidad y decisión la tarea que nos incumbe a todos. Es bueno recordar que amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Por lo tanto no basta con dar el vuelto en el supermercado. Las circunstancias nos apremian y nos obligan a salir de nosotros mismos y compartir. Conozco una persona que después de haber hecho una profunda reflexión acerca de su vida descubrió que vivía demasiado centrado en sus propios gustos y los pequeños placeres que le podía deparar su óptima situación económica. Pero al mismo tiempo descubrió que por ese camino la sociedad no iba a llegar muy lejos y decidió cambiar. Su contribución es que por cada gasto que considera superfluo entregar el equivalente a quien realmente lo necesita. Esto le llevó a ser más austero en su vida y descubrir nuevas formas de relacionarse con las personas y por otro lado descubrir la alegría de que otro, gracias a su decisión mejoraba su condición de vida. Lo encontré digno de imitar porque ya no estaba dando lo que le sobraba sino que algo que le significaba un sacrificio.

A veces nos quejamos mucho de la situación de violencia que apreciamos día a día, pero nos cuesta más caer en la cuenta de que detrás de ella hay historias de seres humanos que no han tenido las oportunidades, ni el ambiente adecuado para ensanchar el horizonte de sus propias vidas. Y que en ese ámbito siempre algo se puede hacer. Una persona se refería a las instituciones de Iglesia como expertas en mendicidad al estar siempre solicitando dinero para sus obras sociales. Lo ideal sería que no estuviésemos en esta ardua tarea de conseguir recursos para promover las obras de promoción humana que ocupan gran parte de nuestro tiempo. Pero eso será posible en la medida que acabemos con la pobreza.

Gracias a Dios, toda vez que haya un necesitado, la Iglesia no trepidará en golpear las puertas para salir en su ayuda. Seremos juzgados por el amor y no por los lujos que nos hemos dado en la corta y efímera vida que se nos ha regalado.

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