Durante gran parte del siglo XX, el Departamento Senguerr fue el corazón lanero de la Patagonia. Millones de ovejas poblaron sus campos, sosteniendo economías familiares, pueblos enteros y una cultura profundamente arraigada en el trabajo ovino. La esquila y la señalada no eran solo tareas rurales: eran rituales que tejían comunidad y dignidad.
Un paisaje que se transforma
Hoy, ese paisaje está en disputa. El productor y exintendente Beltrán Beroqui lo relató con crudeza en Radio Chubut: su campo quedó lindero a La Cautiva, una estancia adquirida por una fundación extranjera que, como primera medida, retiró toda la hacienda. Este patrón se repite en distintos puntos de la provincia, donde ONG conservacionistas compran tierras, eliminan el ganado y promueven el retorno de la fauna silvestre.
Conservación vs. producción
Casos similares se han visto en Santa Cruz, con estancias como El Rincón o Laurak Bat, adquiridas por Tompkins Conservation y Rewilding Argentina, transformadas en reservas naturales y luego donadas al Estado. Para el ambientalismo internacional, el éxito se mide en pumas que recuperan su territorio o huemules que regresan a la estepa. Para los productores locales, el saldo es otro: campos improductivos, vecinos indefensos y depredadores que avanzan sobre las majadas.
La irrupción de nuevos actores
A esto se suma la llegada de nuevos terratenientes —profesionales urbanos sin tradición rural— que compran campos como refugio financiero. La tierra se convierte en activo, no en sustento. Campos abandonados se transforman en refugios de pumas y zorros, generando un desequilibrio brutal para quienes aún apuestan por la producción ovina.
Depredadores y resistencia rural
En tiempos de cría, un solo puma puede matar hasta treinta animales en una noche. El zorro, más astuto, completa el daño sobre corderos recién nacidos. Los pobladores, ante esta presión, recurren a trampas, perros guardianes o rifles usados a escondidas. Defender la majada es la única forma de sostener una esquila que aún representa ingresos, aunque mínimos.
La contradicción del festejo
Cada año, Río Mayo celebra el Festival Nacional de la Esquila, homenajeando a esquiladores, familias laneras y transportistas. Pero la pregunta se impone: ¿qué sentido tiene celebrar un oficio si los campos se vacían de ovejas? Sin zafra no hay esquiladores, y sin esquiladores se apaga una parte esencial de la identidad patagónica.
Una encrucijada silenciosa
La Patagonia enfrenta una transformación silenciosa. Cada campo comprado por fundaciones, cada estancia abandonada, cada productor que se rinde ante los depredadores, es parte de un cambio que no se anuncia, no se debate y no se vota. Entre la conservación sin límites y la especulación financiera, se juega mucho más que un modelo productivo: se juega la continuidad de una cultura.
Recuperar la voz
La región no puede seguir callada. Defender la oveja, la esquila y el oficio del esquilador no es nostalgia: es defender la dignidad de una tierra que aún tiene mucho para dar. Porque si dejamos que otros escriban nuestra historia, un día descubriremos que ya no nos pertenece.
(Fuente: Portal Río Mayo, Argentina)