La guerra entre Estados Unidos e Irán ha alcanzado un punto de máxima tensión este miércoles, tras una jornada de ataques recíprocos que han sacudido las principales capitales de la región. Mientras Teherán sufría intensos bombardeos aéreos, una andanada de misiles y drones iraníes impactaba en Tel Aviv y diversos puntos de Oriente Medio, profundizando una crisis que ya amenaza la estabilidad económica global.
En medio de este escenario, el Presidente de EE. UU., Donald Trump, aseguró que su administración mantiene conversaciones con la República Islámica para detener las hostilidades. Sin embargo, el discurso desde Irán es de total desafío: el gobierno persa negó cualquier negociación y prometió luchar “hasta la victoria completa”.
El nudo crítico del conflicto se encuentra en el Estrecho de Ormuz. Teherán mantiene un férreo control sobre esta vía fluvial, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial. El bloqueo ha provocado un alza histórica en los precios del combustible, generando alertas de recesión en las principales economías de Occidente.
Pese a que Trump retrasó el plazo para que Irán reabra el estrecho, el despliegue de miles de marines estadounidenses hacia el Golfo Pérsico sugiere que la opción militar sigue sobre la mesa si la vía marítima no es liberada prontamente.
En este complejo tablero, Pakistán ha emergido como el mediador clave. El primer ministro, Shehbaz Sharif, ofreció formalmente a su país para albergar conversaciones diplomáticas.
Posición de EE. UU.: Aceptó “en principio” sumarse a la mesa de diálogo en Pakistán.
Obstáculos de Irán: El recelo es profundo. Teherán recuerda la ofensiva del pasado 28 de febrero —que dio inicio a esta guerra— como una traición durante procesos de diálogo previos.
El factor Israel: La promesa de Israel de seguir eliminando líderes iraníes dificulta que cualquier interlocutor en Teherán se sienta seguro para negociar.