El viento de la Región de Magallanes posee una constancia que abruma. Recorre las llanuras infinitas de la estepa, agita los pastizales amarillos de la pampa, hace silbar las estructuras de acero de las torres de perforación y, con una paciencia geológica, va borrando los nombres y las huellas que los seres humanos intentan grabar sobre la geografía de Tierra del Fuego.
Contra esa fuerza invisible dedicada al desgaste y al olvido trabajó durante gran parte de su vida laboral Roberto Donoso. Lo que nunca imaginó este hombre de bajo perfil es que, en el afán de resistir ese anonimato, su propia silueta terminaría fundida en metal para transformarse en el símbolo definitivo de una industria fundacional para el desarrollo económico de Chile.
La historia se remonta a los primeros años de la década de los noventa. En las oficinas de la administración de la Empresa Nacional del Petróleo (ENAP), en el campamento de Cerro Sombrero, Donoso ejercía funciones como secretario técnico. Desde ese puesto estratégico pero silencioso, fue testigo y gestor del nacimiento de los proyectos con que Magallanes planeaba conmemorar el medio siglo del descubrimiento del petróleo: 50 años desde que la tierra fueguina entregó su primer chorro de "fuego negro" en el emblemático pozo Manantiales, en diciembre de 1945.
Entre las iniciativas que Donoso debió coordinar por mandato institucional, una nació con una profunda vocación de eternidad: un memorial póstumo destinado a los mártires del petróleo. La idea consistía en un monolito de piedra curvo que albergaría placas de bronce con los nombres de todos los trabajadores enapinos que habían perdido la vida en actos de servicio bajo el severo clima austral.
Donoso asumió la tarea con rigurosidad sagrada:
“Recopilé los nombres de los caídos gracias a la valiosa ayuda del departamento de Recursos Humanos de la empresa. Los dispusimos en un estricto orden cronológico de fallecimiento, como un homenaje póstumo y fidedigno a la ausencia de muchos compañeros enapinos”, rememora Donoso.
El memorial se transformó en una pieza patrimonial emblemática de Cerro Sombrero. Sin embargo, en un reflejo de la fragilidad de la memoria humana, hoy esas placas de bronce han desaparecido del monolito. El desmantelamiento o robo de las estructuras dejó un hueco vacío en la piedra, evidenciando que el olvido y el descuido humano suelen ser cómplices letales del viento en la pampa.
De forma paralela al memorial, ENAP encomendó al destacado artista y escultor Guillermo Meriño Pedrero la creación del Monumento al Trabajador del Petróleo, una escultura de gran envergadura destinada a presidir la plaza principal de Cerro Sombrero.
Roberto Donoso fue el encargado de guiar y acompañar al artista en un recorrido técnico por las históricas y apartadas instalaciones operativas de la compañía, comenzando la travesía por el campamento Manantiales. “En ese contexto teníamos la misión institucional de recuperar el pozo número uno, el cual se encontraba abandonado, así como diferentes instalaciones históricas del sector”, relata el exsecretario técnico.
Durante esa caminata entre fierros, vientos y pasarelas industriales, ocurrió el instante clave que el tiempo volvería eterno. Meriño, buscando capturar la esencia natural del operario del extremo sur, miró de reojo a su guía y le hizo una petición casual. “El artista me pidió bajar a una de las fosas y ubicarme en el lugar, manipulando una de las válvulas de control. Me sacó diversas fotografías de registro, nada que en ese momento me llamara la atención”, detalla Donoso sobre aquel gesto cotidiano que consideró un simple apoyo fotográfico para el portafolio del escultor.
Los procesos de la fundición artística suelen tomar años y ejecutarse a cientos de kilómetros del lugar de origen. Por ello, el asombro paralizó a la comunidad y al propio Donoso cuando, en 1995, la monumental pieza de bronce arribó a la isla de Tierra del Fuego para ser inaugurada con honores en la plaza de Cerro Sombrero.
Al retirarse los lienzos de la inauguración, Roberto Donoso se vio reflejado a sí mismo en la cúspide de la estructura. Ahí estaba retratado el característico casco de aluminio que usaba en sus inspecciones, el overol institucional enapino arrugado por el viento y, de forma idéntica, la pose exacta frente a la válvula que el escultor le había pedido adoptar aquella tarde fría en Manantiales. El funcionario anónimo se había transformado, por obra del cincel, en el monumento vivo al petrolero.
“La verdad es que yo nunca supe que estaba siendo el modelo oficial de la obra, pero las fotografías forenses del diseño y la pose corporal corresponden exactamente a las de aquella jornada de inspección”, reflexiona Donoso con la serenidad de quien descubre, años más tarde, que prestó su estampa a una causa colectiva.
La historia del enapino que inspiró el bronce sumó una última y sorprendente carambola estética tres décadas después. Hace un tiempo, paseando por los circuitos culturales de Punta Arenas, Roberto Donoso ingresó al céntrico Café del Stretto con el único fin de presenciar una exposición pictórica montada por las artistas del Colectivo Matices.
Mientras recorría las telas de la pinacoteca, sus ojos se detuvieron en seco frente a un óleo. Sobre el lienzo, las pinceladas de una artista local reproducían fielmente la silueta del Monumento al Trabajador del Petróleo de Cerro Sombrero. El bronce se había transformado en pigmento y color; la pose que Donoso ensayó en los noventa en Manantiales volvía a manifestarse ante sus ojos en una cafetería céntrica, demostrando que el arte magallánico se obstina en revivir lo que el clima intenta borrar.
Guillermo Meriño no esculpió el retrato de un individuo egoísta; esculpió la identidad de una estirpe de trabajadores rudos que levantaron la matriz energética de Chile desde los confines del mapa. Aunque las placas de bronce con los nombres de los caídos ya no estén en su monolito, la sombra metálica de Roberto Donoso sigue firme en Tierra del Fuego, sosteniendo la válvula con firmeza y ganándole la batalla al olvido de la pampa.