El uso cotidiano del lenguaje y la construcción de relatos sociales a espaldas de los individuos pueden constituir armas de alto calibre destructivo para la salud mental. En una profunda ponencia orientada a desnaturalizar conductas nocivas arraigadas en la cultura popular, la destacada psicóloga clínica María José Campos encendió las alarmas sobre el grave perjuicio emocional y psíquico que provoca la práctica sistemática del chisme y la difamación en las interacciones humanas, en este lunes 15 de junio de 2026.
La especialista detalló que estas conductas, muchas veces minimizadas o consideradas meras dinámicas de entretención cotidiana, poseen un potencial destructivo capaz de derivar en severos cuadros psicopatológicos si no se abordan con un estricto sentido de la responsabilidad interpersonal. Si bien el chisme suele ser visto como una conducta inofensiva de pasillo, sus secuelas en el tejido social y en la psiquis individual exigen una mirada clínica de urgencia.
Desde la matriz de estudio de la psicología evolutiva, la profesional reconoció que el acto de hablar sobre terceros no es una anomalía moderna; de hecho, surgió en los albores de la humanidad de forma natural como un mecanismo antropológico para medir los niveles de lealtad, testear la confianza dentro de una estructura social tribal o favorecer la cohesión grupal y la amistad. Sin embargo, Campos advirtió que el verdadero peligro radica cuando se altera la raíz y la intención original de estos relatos informativos.
“El chisme es mucho más que el simple acto de hablar de alguien a nivel anecdótico. Un mal comentario malintencionado, que se sostiene y se replica de forma constante en el tiempo, posee la capacidad real y científica de cambiar por completo la narrativa biográfica y la imagen pública de un individuo, destruyendo su reputación en un abrir y cerrar de ojos”, argumentó la psicóloga clínica.
Entre las consecuencias más preocupantes que se constatan en las consultas de psicoterapia, Campos destacó la fuerza del chisme para gatillar el ostracismo, fenómeno que se traduce en la exclusión radical de una persona dentro de sus círculos de desarrollo cotidiano, tales como la sala de clases del colegio, los campus de la universidad o los equipos del ámbito laboral, dejando a la víctima en un estado de desamparo vincular.
Asimismo, la psicóloga levantó una alerta técnica sobre una de las dimensiones más perversas y complejas de este fenómeno de difamación: en la gran mayoría de los casos, la persona que está siendo el blanco de los rumores ignora por completo que sus datos personales o intimidades están siendo expuestos, pero su sistema nervioso es capaz de percibir de forma nítida una evidente hostilidad y rechazo en su entorno cercano.
“La persona difamada inicialmente no sabe que lo está siendo, porque el rumor corre a sus espaldas, pero lo que sí puede notar con total claridad es la tensión del ambiente”, señaló la experta. Campos ejemplificó esto con dinámicas cotidianas de acoso donde los compañeros de oficina o estudio guardan un silencio abrupto e incómodo al momento en que la víctima ingresa a una habitación, o le retiran el saludo y la palabra sin justificación aparente. Esta incertidumbre ambiental sumerge a los afectados en una espiral de rumiación cognitiva, llevándolos a cuestionarse de forma obsesiva qué defecto o error están cometiendo ellos para merecer el vacío del grupo.
Finalmente, María José Campos hizo un llamado urgente a la concienciación social y a validar el rol de la psicoterapia para intervenir estas conductas antes de que se vuelvan crónicas. Lejos de la creencia popular de que quien hace correr un chisme posee una posición de poder o superioridad, la mirada clínica revela que el propagador de la difamación suele proyectar marcadas carencias personales, severos problemas de autoestima o una necesidad patológica de control grupal.
El tratamiento oportuno de estas conductas en consulta es clave para sanar al emisor y, fundamentalmente, para romper la cadena de transmisión hereditaria, evitando que este tipo de violencia verbal se normalice de manera generacional en el núcleo familiar y siga reproduciéndose en el futuro.