Desde su entrada en vigor en 1982, la Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCRVMA o CCAMLR, por sus siglas en inglés) constituye uno de los pilares jurídicos y ambientales más innovadores de la gobernanza global. Surgida a fines de los años setenta ante la amenaza del desarrollo de la pesca industrial del kril antártico —especie clave y base alimentaria de ballenas, focas y pingüinos—, la Convención estableció un marco regulatorio internacional orientado a prevenir el colapso del ecosistema marino austral antes de que se produjeran daños irreversibles.
A diferencia de los esquemas pesqueros tradicionales centrados de forma exclusiva en el rendimiento de especies comerciales, la CCRVMA introdujo un enfoque ecosistémico y precautorio. Este principio determina que las cuotas de captura y el uso racional de los recursos deben subordinarse a las necesidades de mantenimiento de toda la red trófica y del equilibrio ecológico. De esta forma, la evaluación de las pesquerías de especies como el bacalao de profundidad (austromerluza) o el kril supedita las decisiones operativas a la evidencia científica proporcionada por su Comité Científico.
Como componente integral del Sistema del Tratado Antártico, el área de aplicación de la Convención se extiende hasta la línea biológica de la Convergencia Antártica. A través de su Comisión permanente con sede en Hobart (Australia) y el consenso de más de 25 Estados miembros —incluido Chile como país fundador y puerta de entrada antártica desde Magallanes—, el organismo fiscaliza la actividad mediante observadores científicos en buques, monitoreo satelital y la creación de extensas Áreas Marinas Protegidas, reafirmando la cooperación multilateral en la conservación del continente blanco.