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Columna de opinión

¡Oh, el individualismo, oh!

opinion
25/05/2023 a las 16:24
Pablo Oyarzo
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Raúl Caamaño Matamala, Profesor Universidad Católica de Temuco

No pocas veces me he referido al exacerbado individualismo que padecemos. Es más, ya mi primera columna de opinión la titulé “La cultura del ego”. Es un asunto que se enseñorea en nuestra sociedad, que tiene mil caras, ¡qué mil!, millones de caras, y está, créase o no, en los más diversos estratos, no es privativo de cierto nivel social, no es propio de cierto segmento de la sociedad, y el asunto -grave- es que está in crescendo, ya es casi a nivel pandémico.

De igual modo abordé el tema en una segunda columna titulada “Ellos” más “ellos” no suma nosotros. ¿Cuál es la idea de ocuparme de este tema que no solo yo, muchos, observamos que es excesivo el centrarse en un yoísmo extremo, casi de invisibilización del tú, del otro o del prójimo, como queramos llamarlo. Este asunto de centrarse en el yo, en el ego, ya nos sitúa, nos deja solo a pasos de un egoísmo nada artificial, casi natural.

Hubo una tercera columna, titulada “¡No más pobreza! ¡Sí, más humanidad!” Luego de someros y sencillos análisis, me extendía en la idea de que es la socorrida idea de mayor educación, de mejor educación, la tabla de salvación de este diagnóstico de loco individualismo, de librarse o defenderse solo, y con poca atención al infortunio del prójimo. La educación, sí, es una herramienta potente, sí es un instrumento vital, en que primordialmente es la educación en la familia, la que debe dar las primeras lecciones de fraternidad, lecciones de humanidad, quizás de conformar un yo en encuentro con el tú, con los demás.

Y esta idea de reunir al yo con el tú, al tú con el yo, la planteé en una nueva columna, titulada “La cultura de la nostridad”.

El individualismo nos ha llevado a olvidar el tú, el prójimo. Ayer, hoy, mañana, casi siempre, aquí, allá o acullá, dos se disputan un liderazgo más o menos y, a veces, en triste espectáculo, en medio del barro, y no advierten que quién sí zozobra, es él, ella, ellos, ellas, que aguardan, esperan el fin de esta competencia o incompetencia.

He aquí el intríngulis. Ese él, ella, ellos, ellas, son los terceros, y quizás objeto de la discusión. Es a quien o quienes se refieren. Y lo tironean, lo sacuden, lo estrujan.

¿Qué hacer? Incorporarlos. Hacerlos partícipes, que intervengan, que hagan escuchar su voz, sus voces en las votaciones, también, en la construcción de sus colectivos, hacer comunidad, que sean agentes, actores, no pacientes, no espectadores.

¿Qué hacer? Convertir ese él, ese ellos, en tú, en usted, en ustedes. Sí, incorporarlos, escucharlos, atender sus voces, sus ideas, sus conocimientos, sus sentimientos, su parecer. Auspiciar ese tránsito, esa conversión, y construir un nosotros, dual, y plural, por cierto.

La tarea no es sencilla. Es preciso dominar nuestro individualismo, y que más bien sea solo individualidad, y reunirla con otra individualidad, la del tú. ¿Qué sucederá? Reunir un tú y un yo. Que platiquen, que se conozcan, que se re-conozcan. Que comprueben que son semejantes, que sus génesis son esencialmente las mismas.

Reitero, a todos, mi invitación anterior a construir nostridad, a hacer de este ejercicio una cultura de la nostridad.

Y así, poco a poco, sentiremos satisfacción, sentiremos abrigo.

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