Lo que debía ser una tarde de descanso se convirtió en una escena de terror para una familia con casi cuatro décadas de residencia en la población El Pingüino. Osvaldo Villegas, vecino de calle Eusebio Lillo, rompió el silencio para relatar la violencia extrema que sufrió el pasado domingo, un ataque que lo dejó con graves secuelas físicas y un profundo sentimiento de injusticia.
“Voy a ir a hablar con el fiscal Dobson porque encuentro injustas las medidas. Hubo un intento de homicidio que no alcanzó a consumarse. Tuve suerte”, confesó Osvaldo, quien hoy luce un vendaje que cubre seis puntos de sutura en su cráneo y una mano fracturada. Según su testimonio, el agresor utilizó un arma blanca para propinarle dos estocadas en la cabeza, provocándole incluso un hundimiento craneal en el lado derecho.
El incidente se desencadenó minutos después de que personal de Seguridad Municipal abandonara el sector tras fiscalizar una vivienda por ruidos molestos. Los agresores —un grupo de al menos cinco personas— asumieron erróneamente que Villegas o su familia habían realizado la denuncia.
La respuesta fue una "carnicería": no solo Osvaldo fue atacado, sino también su hijo resultó herido y su hija fue increpada violentamente. Los vecinos denuncian que se sienten atrapados en un círculo vicioso de incivilidad, donde las fiestas clandestinas y la prepotencia de ciertos arrendatarios dictan las reglas del barrio.
Osvaldo fue enfático en criticar que el principal imputado se encuentre en libertad (bajo arraigo regional y prohibición de acercamiento) a pesar de la alevosía del ataque. “Todos los chilenos tenemos derecho a una justicia al instante”, reclamó, calificando el actuar de los tribunales como una "justicia ciega" ante la gravedad de las lesiones.
Asimismo, la víctima apuntó a la responsabilidad de los propietarios de los inmuebles: “La arrendataria de estos personajes tiene poca empatía... esto va a seguir pasando”. La resignación y el miedo se han apoderado de los residentes de calle Eusebio Lillo, quienes hoy temen que, al no haber prisión preventiva, los agresores regresen para "terminar lo que empezaron".