Hay viudas que, casadas en segundas nupcias, suelen ser un tormento para el nuevo marido, al que viven comparando con el difunto.No importa las cualidades que tenga el nuevo ni que haya sido elegido por una abrumadora mayoría de cualidades, la viuda sigue amarrada al recuerdo y a medida que pasa el tiempo, comienza a olvidar todos los defectos del muerto y a aumentar las bondades que tenía antes de pasar a mejor vida. En contrario sensu, pasa por alto todo lo bueno del nuevo y critica, exageradamente y hasta con maldad, sus defectos. Y como la cosa ya se le convierte en obsesión, hace un balance de los siete meses de sus segundas nupcias con todos los años del muertito.
Estas situaciones, que suelen pasar en la vida, se ponen insoportables cuando estas viudas de regímenes anteriores se ponen a llorar sus recuerdos en forma pública y empiezan a gemir por el difunto y a resaltar los problemas del nuevo jefe de hogar. Que no limpia el antejardín, que quiere contratar gente que a la viuda no le gusta, que se gasta la plata en café, galletas, cócteles, regalos, en tanto que el muerto era austero.
El problema es que estas viudas que andan lloriqueando por las calles se vuelven patéticas y desagradables y nadie puede hacer nada por ellas porque nada las consuela. No se dan cuenta, y si se dan no les importa, que no sólo el nuevo jefe de hogar ya no las soporta, sino también aquellos a los que no les importa quien se murió y quien lo reemplazó.
Estas viejas patéticas –porque suelen ser viejas, a veces no en edad pero sí en mentalidad- en el fondo se dan cuenta de su triste papel y si uno las observa sin que se den cuenta, las verán, cuando no están gimiendo, con la mirada baja, siempre eludiendo mirar de frente, conscientes de su miseria interior.
Pero que se le va a hacer. Como dice el refrán, de todo hay en la viña del Señor y la gente común y corriente tendrá que acostumbrarse a verlas, con sus trapos negros, deambulando por las calles de la ciudad, arrastrando los pies, en medio de la indiferencia y, muchas veces, hasta del desprecio de la gente normal.
Situaciones como ésta hacen pensar en las bondades de algunas religiones en las que no existían las ciudades, porque a la muerte del marido, debía seguirle la de la cónyuge.
Pero no se crea que todas las viudas son tristes. Basta recordar las “viudas alegres”, una fue una telenovela de Televisión Nacional, en la que la protagonista sufre cinco veces la muerte de sus maridos, y otra, la más famosa, una opereta de Franz Lehar, en la que el amor triunfa sobre el dinero.
No sé ustedes pero lo que es yo, prefiero las viudas alegres.
