La estabilidad económica de Chile vuelve a quedar a merced de la geopolítica en el Medio Oriente. El reciente anuncio de Estados Unidos sobre un bloqueo en el Estrecho de Ormuz —arteria vital por donde circula cerca del 20% del consumo mundial de petróleo— provocó un terremoto en los mercados, llevando el barril de Texas (WTI) a superar la barrera de los 104 dólares.
Este repunte internacional enciende las alarmas en el Ministerio de Hacienda y en los hogares chilenos, ya que la dependencia de Chile del crudo importado asegura que estas variaciones se trasladen a las estaciones de servicio en el corto plazo. El alza no solo afectará a las gasolinas de 93 y 97 octanos, sino que presionará los precios del diésel y la parafina, insumos básicos para la producción y la calefacción.
Si bien el alza es nacional, en regiones extremas como Magallanes el impacto suele ser exponencial. La geografía regional impone una dependencia absoluta del transporte para el abastecimiento de bienes básicos, lo que significa que cualquier incremento en el diésel se traduce rápidamente en un aumento del costo de la canasta familiar.
Sectores clave de la economía austral ya evalúan los riesgos:
Transporte de Carga: El encarecimiento logístico presiona los precios de alimentos y materiales de construcción que llegan vía terrestre o marítima.
Turismo y Pesca: El alza en los combustibles operativos reduce la competitividad de las empresas locales en una temporada que ya enfrenta desafíos climáticos.
Hogares: En una región donde el clima exige un uso intensivo de energía, el costo de vida se ve directamente vulnerado por los precios de la parafina y derivados.
La tensión en Ormuz pone de manifiesto, una vez más, la fragilidad de la economía chilena frente a factores externos. Mientras el conflicto persista, la volatilidad será la norma, obligando al Estado a monitorear la aplicación de mecanismos de estabilización (como el MEPCO) para evitar que el golpe al bolsillo de los ciudadanos sea inmediato y devastador.