
El pobre animal vio alterada su tranquilidad dentro de una caja, soportando que su amo lo apretara por el hocico y, prácticamente, lo obligara a gruñir como aquellos que no son de su raza, pero que en su desesperación se convierten en lo que no son.
El episodio es hasta hoy de culto, tal como ocurre con “Súper Taldo”. El pequeño “Mono” (así lo llamaron) frente al micrófono, exhibiendo su dentadura y expulsando lo que, aseguraba su amo, era una fonética clara y graciosa. Sin embargo, el gracioso episodio, hoy claramente al ser nuevamente revisado parece un verdadero “bullying” en contra de este animalito. Sus aguardentosos sonidos más parecen sollozos, mezcla de reclamo, denuncia y desagrado.
La esposa de su descubridor señalaba que el hombre había encontrado al perro en la calle y que el can le había pedido “agua”. Ese fue el punto que marcaría la amistad y la relación que terminaría con la adopción del “Monito”.
La noticia del “perro hablador” dio la vuelta al continente. Medios argentinos, peruanos y bolivianos querían saber de este milagro de la genética ocurrido en tierras chilenas.
Las bromas tampoco se hicieron esperar, menos cuando en ese momento todos teníamos un amigo de voz “hirviente” lo más parecida a los sonidos de “Monito”.
Pero la historia, tan rápida como apareció se fue. De “Monito” nunca más se supo. Aunque, como siempre ocurre, hubo émulos al por mayor, en Argentina, Colombia, Venezuela y hasta en España y Estados Unidos, claro que ninguno repitiendo insistentemente eso de “Átata”.
Lo del “perro que habla” quedó como un episodio de culto, de esos que de tarde en tarde se conocen y quedan en nuestra memoria, por lo curioso, tierno, insólito o por tamaña estupidez. “Átata”.